13 de octubre de 2010

Wall Street, el corazón de la codicia


Ayer fuimos a la sesión de las diez a ver Wall Street (el dinero nunca duerme). Por cuestiones de azar, la vimos en un centro comercial, esto es, en uno de los símbolos del capitalismo actual. Pantalla enorme. Butacas comodísimas. Y buen sonido para disfrutar de la música de David Byrne y Brian Eno. También, por desgracia y como corresponde a esta clase de lugares, vimos la película en ese anacronismo tan español que es la (puta) versión doblada.

No soy cinéfilo, así que si alguien busca un análisis sesudo que vaya a otro blog. Quiero decir: yo ni siquiera sabía que esta era la segunda parte de otra Wall Street, la que el propio Stone rodó en 1987. Ese es mi nivel. Y dicho esto, afirmo que, en líneas generales, me gustó y se me hicieron cortos los 130 minutos que dura... A pesar de que la historia de amor entre Shia LaBeouf y Carey Mulligan es un tanto babosilla y previsible por momentos.

Pero, bueno, todo sea porque en mitad de un romance macerado en un loft con vistas al skyline neoyorquino, ella le pide a él que, si de verdad la quiere, devuelva el anillo de Bulgari y que se comprometan con uno de esos que regalan en las chocolatinas. «Me hace sentir incómoda», dice ella sobre el ostentoso diamante, en su papel de incorruptible bloguera de alma izquierdista y de hija de un broker que terminó en la cárcel. Eso sí, también es cierto que guarda 100 millones de dólares en un banco suizo o que su plato favorito es la langosta con ajos. Quiero decir: así también devuelvo yo una tele de plasma de 200 pulgadas hoy mismo.

De la película, me quedo con la impresión general que transmite: el dinero lo jode todo. Jode tu pareja, la relación con tus padres, con la familia, tus relaciones profesionales... Te puede poner muy arriba, pero tiene un poder corrosivo que ya quisiera para sí algún elemento químico. El dinero anida en el corazón de nuestra sociedad, es el verdadero dios alrededor del que gira todo y sus evangelios los escriben los think tank neoliberales (como el aznarísimo FAES). Desconozco si da la felicidad o si ayuda a conseguirla; lo que si parece evidente es que marca las reglas. Marca el minuto, como cantaría Mala Rodríguez. Pauta y condiciona las relaciones entre las personas, sean afectivas o comerciales. Apela de manera continua e inagotable al deseo. Wall Street lo muestra con claridad, con buena música, con unas panorámicas espléndidas de Manhattan.

Uno de mis momentos favoritos es cuando LaBeouf le cuenta a Douglas que anda metido en un negocio de energías alternativas y que si la ecología, el futuro y blablablá. Douglas, que hace de un icónico broker al que metieron en la cárcel 8 años por tráfico de información privilegiada, le contesta (la cita es aproximada, pero bastante exacta): «Lo único verde en este mundo es el color del dinero». (Que se lo digan a Al Gore, ¿eh?)

Ahí queda eso.

Lo otro que me gustó de la película es el aroma a macho que desprende. Sin decirlo explícitamente, los fotogramas nos enseñan Wall Street como el gran mecanismo de poder masculino. Todas las escenas donde unos cuantos gerifaltes deben decidir el destino del sistema financiero estadounidense —y por extensión: mundial— rebosan testosterona, puros habanos, corbatas, venganzas al estilo mafia. Vale, ya sabemos que existe Ana Patricia Botín; pero ella es la excepción. La regla, como todos sabemos, es otra.

Por último, descataría que la película muestra muy bien en qué clase de mundo especulativo vivimos. En la economía, como en la criticada prensa rosa, funciona a las mil maravillas aquello de «difama que algo queda». En la prensa salmón es lo mismo; basta con unos cuantos rumores falsos diseminados adecuadamente para que tu empresa pierda un montón de pasta, entre en crisis o se vaya a la mierda. Casi nadie contrasta la información y a cualquier medio de comunicación le sobra con 2 datos para montar una teoría, por alocada que sea. En fin, que después de ver la película se me han quitado las ganas de tener mi propia petrolera. Por ahora me conformo con ver la primera parte, la de 1987.

PD. Vídeoentrevista con Oliver Stone... en el Wall Street Journal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario